jueves, 13 de marzo de 2008

Todo pasa por algo...

Mi pasión por la cerveza nació, paradójicamente después de que naciera en mí la pasión por los bares. A mis 15 años, buscaba en la juerga del fin de semana , lo mismo que todos buscamos a esa edad y que algunos buscan eternamente, la pose, lo chic, el sentirse grande o mayor de edad, el afán por estar en todas, los lugares de moda y lo más "importante", impresionar a las mujeres. Ni siquiera sabía beber cuando le andaba diciendo a mi primo de 20 que me haga pasar a The Edge o a Tequila Rock (en ese momento no era lo que sabemos todos es hoy en día). Un buen día y ante mi insistencia accedió y fuimos para mi cumpleaños. Como era pata del administrador, entramos él, mi amigo Carlos y yo. Era un día de semana y había poca gente, recuerdo que lo que más me llamó la atención fue una mesera brasileña con un escote enorme y lo que estaba adentro tanto o más. La música fuerte no dejaba conversar y ni siquiera nos podíamos aventurar a bailar porque todas estaban acompañadas, fuera de decir que la propina alcanzaba solo para pagar un trago o 2 en el mejor de los casos. Ese día pasó sin pena ni más gloria que la de sentirme grande y creer estúpidamente que había entrado porque era algo especial y no porque le hicieron un favor al primito de un parroquiano. Debo confesar que esa fue la primera vez que percibí de manera subliminal, que ese ambiente discotequero, mercantil e impersonal era algo de lo que no quería formar parte. Pasaron los años y terminé el colegio. Aquí es donde me siento obligado a decir: "Todo pasa por algo". La situación económica de mis padres no me permitía estudiar una carrera en ese momento, así que haciendo un esfuerzo decidí invertir lo que había en cursos útiles y que a su vez me interesaran, decidí entonces matricularme en inglés, alemán y un curso de Técnicas de Bar que me pareció interesante. Pasó un año y finalmente me pude financiar una carrera y empecé a estudiar electrónica (no me pregunten por qué), pero la necesidad de tener algo de plata para mis salidas y gastos diarios me motivó a buscar un trabajo part time o de fines de semana, y para bendita coincidencia mi mamá me presentó a una amiga suya que era enamorada de un inglés residente en Lima, ella me comentó que el dueño de un bar al que ellos iban todas las semanas necesitaba un ayudante de barra, la idea me interesó inmediatamente y decidí llamarlo y presentarme. Recuerdo que cuando entré al bar era un lunes, había poca gente en las mesas pero la barra estaba llena de gringos hablando todos inglés, un cuadro que jamás había visto y jamás olvidaré. Me acerqué al bartender, un personaje sacado directamente de película gringa, alto, gordo y con cara de pendejo, le pregunté por el dueño y me lo señaló, al acercarme conversamos y me dijo que estaría de prueba ese fin de semana. La prueba duró más de dos años y cambió mi vida por completo. El bar, O´Murphys Irish Pub. El resto es historia.

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